A los lectores.

A veces me parece irreal el modo en que las nuevas tecnologías operan. Escribimos cualquier cantidad de cosas y el espacio parece nunca acabarse; pareciera que la abstracción de las ideas es capturada y amplificada por otro espacio abstracto llamado internet. De ahí la irresistible tentación de escribir aquí.

miércoles, 19 de octubre de 2011

El alter ego

Edgar Morin, en su libro "El cine o el hombre imaginario", habla sobre un fenómeno extraño que ocurre tanto en las fotografías como en el cine, a saber, la presencia de nuestra figura dentro de otro plano. Morin nos dice que, tanto en la fotografía como en el cinematógrafo, es nuestra figura la que aparece, pero con un rasgo diferente esencial: está fuera de nosotros, es nuestra figura presentada como ajena. Lo mismo sucede hoy con los blogs, perfiles de facebook, twitter, etc., pues presentamos a nuestro avatar como aquello que es nuestro, aquello que nos identifica y, sin embargo, se muestra fuera de nosotros.
Pero el asunto con las páginas que creamos sobre nosotros mismos encierra un problema mucho más complejo: la vitalidad. Las páginas no nos muestran sólo una foto, sino muchas y variadas; son un reflejo de los estados emocionales que nos dominan en determinado momento. Es la vitalidad de nuestras vidas encapsuladas en fotos que, conforme van cambiando, muestran un camino progresivo de nuestra propia existencia, como un encadenamiento de imágenes que asemeja a las cintas del cine. Lo que nos lleva a observar que las redes sociales no son espacios inmutables, sino que adquieren su impulso y vida mediante nuestra interacción con ellas. En efecto, adquieren vida no sólo en la medida en que nuestros avatares son expuestos, sino también en tanto que creamos un discurso – o discursos – que crean un relato del avatar, relato que se va modificando y que le da cierto significado, tal y como si contáramos una historia de nuestra existencia mientras que ésta acontece. Pareciera entonces que en esta historia creamos un alter ego, un otro yo que cambia y se constituye al mismo tiempo que nosotros, cuyo rastro perdura y es, incluso, un rastro mucho más visible que el de nuestra vida "real" en tanto que el discurso o relato se encuentra impregnado ya en nuestras páginas. La otredad de la figura a la que Morin hacía referencia en el cinematógrafo y la fotografía se encuentra potencializada en las páginas que creamos ya que, no es sólo nuestra imagen en otro plano, sino que es la imagen viva de nuestra existencia en otra realidad que no controlamos. ¿Seguimos siendo nosotros? No sé ustedes, pero a mí a veces me da la impresión de que aquel a quien muestro en mi página no representa fielmente mi persona, pese a que yo la construyo. Eugenio Trías llamaría a esta condición como lo siniestro: aquello que es propio pero se muestra como ajeno. Lo mismo sucede los avatares y nuestras páginas, parecieran ser una representación de nuestra existencia, pero ¿hasta qué punto ha adquirido existencia propia? Al final, no sabemos si cuando ya no estemos nuestras páginas seguirán con movimiento, tal vez sí. En una de esas hasta reaccionan solas.