
A los lectores.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
martes, 29 de noviembre de 2011
De lo bello y lo siniestro
Si algo me ha atraído de la pintura “El Filósofo” de José Ribera, es que, al momento de mirarla y contemplarla, pude comprender lo que Eugenio Trías expone en su libro Lo bello y lo siniestro. El propósito de Trías en este trabajo busca mostrarnos cómo es que de la categoría estética de lo siniestro puede desprenderse lo bello, y cómo de lo bello se puede engendrar lo siniestro.
“[…] la belleza es una apariencia y un velo que escamotea nuestra visión de un abismo sin fondo y sin remisión en el cual cede toda visión y se resquebraja todo efecto de belleza. Esto es lo inhóspito, lo siniestro, lo que habiendo de permanecer oculto, produce, al revelarse, la ruptura del efecto estético”.
En toda producción estética que nos resulte bella no podemos simplemente experimentar un sentimiento de alegría, felicidad o verdad; y viceversa, todo aquello que nos resulte tenebroso, irracional, desagradable, siniestro, tiene que encontrar sus lindes dentro de aquello que se ubica como bello, racional, agradable. Estas dos categorías colindan entre sí, son parte del efecto estético de la obra artística, no puede existir una emoción sin la sombra contraria. Aristóteles se habría referido a esto como la peripecia, un cambio de suerte, donde existe un reconocimiento, un conocimiento mutuo de emociones contrarias, “[…] pues este conocimiento acompañado de peripecia produce compasión y temor […] Puesto que el reconocimiento es reconocimiento de alguien, hay casos en los que sólo uno tiene que reconocer al otro (cuando está claro quién es el otro) y hay casos en los que ambos tienen que reconocerse […]”. Pero para que se entienda porqué pude comprender la tesis de Trías por medio de la pintura antes mencionada, tendré que hacer una descripción del cuadro.
En la pintura existen los llamados focos de luz. Éstos se distinguen, como su nombre lo dice, en ser puntos luminosos en donde recae la atención de la pintura, podríamos pensarlos como puntos clave a partir de los cuales se desarrolla una pintura. En cada una puede haber uno o varios focos de luz; en “El Filósofo” existen dos.
La imagen muestra a un hombre viejo, escaso cabello y barba prominente y blanca; viste una túnica negra, larga y ancha. Lo único que sobresale de su cuerpo es su rostro, serio, tranquilo, pensativo; y sus dos manos, las cuales sostienen unos escritos. La línea que distingue el término de su vestimenta y el amplio vacío oscuro detrás de él es casi imposible de delinear; podría decirse que son parte del mismo fondo. En este caso, los focos de luz están concentrados en la frente del hombre y sus manos. ¿Pero qué representan estos focos de luz? No es casualidad que se encuentren en estos dos puntos en específico, sino que las implicaciones van más lejos.
La frente del hombre es el punto clave de la obra, es el centro – no espacial - del cuadro que captura la atención; es la racionalidad, el espacio de conciencia y reflexión, el conocimiento, la belleza. El foco de luz se ubica en la mente, que es aquello que alumbra, donde se encuentra el orden, lo formal, lo finito. Pero conforme la pintura se expande, paulatinamente ese foco de luz comienza a decrecer, aquel alumbramiento de la razón se hace cada vez más tenue conforme se aleja hasta llegar a la oscuridad. Esta oscuridad es el caos, lo irracional, lo siniestro. El mismo desenlace ocurre en el foco de luz ubicado en los escritos de su mano, como si la oscuridad fuera un marco interno que toca y delimita la luz de los escritos –símbolo de la razón-.
En esta obra se observa cómo dentro de esta obra lo bello y lo siniestro se unen mediante un juego de luces, el cual representa, en este caso, lo racional y lo irracional, el espacio del orden y del caos como un mismo evento, donde uno reconoce al otro dentro de sí. Podemos concebir entonces que dentro de la obra existe una especie de dualidad que nos lleva a concebir cualidades estéticas opuestas, pero que en su conjunto comprenden un fenómeno al que Trías llama lo sublime, una catarsis provocada por el reconocimiento de que todo aquello que se presenta como hermoso trae consigo lo terrible.
“En poesía, en el arte, debe resplandecer el caos bajo el velo familiar, formal, del orden”.
“Hay que llevar verdaderamente el caos dentro de sí para poder engendrar una estrella danzarina”.
viernes, 18 de noviembre de 2011
sábado, 12 de noviembre de 2011
Una reflexión acerca de un texto de Lyotard
Al parecer el aspecto lingüístico adquiere aquí una posición de importancia en tanto que su aspecto pragmático define en muchos sentidos el modo en que las relaciones intersubjetivas se realizan. Lyotard observa, apoyándose en ciertas ideas planteadas por Wittgenstein, que el lenguaje, mediante sus enunciados, posee características que denota su uso y reglas de juego, cada tipo de enunciado adquiere propiedades y reglas de uso para hacer explícito cómo opera y cuál es el propósito del enunciado en cuestión. Se hacen tres observaciones:
1) Las reglas de legitimación del lenguaje no se dan por ellas mismas, la fuerza de su uso radica en el acuerdo implícito o explícito entre los sujetos, lo cual no quiere decir que inventen estas reglas de legitimación.
2) No puede ser que se hagan modificaciones sin justificación, el más mínimo cambio afecta la naturaleza del juego y sus condiciones, por ende cualquier uso del lenguaje que no corresponda con las reglas del juego no tendrá sentido.
3) Todo enunciado debe suponer una regla de “juego”.
En el uso cotidiano constantemente estamos creando nuevas formas de estructurar el lenguaje, el lenguaje no puede ser privado, el modo en que se desarrolla se da en el lazo social y se mueve constantemente, hay giros, evoluciones y cambios, todo originado dentro de los distintos egos y sus interacciones.
Ahora bien, si se ha dicho que el lenguaje es una estructura que le da forma y sentido a nuestro mundo, debemos saber cómo es que opera dicha estructura en nuestros tiempos. Lyotard muestra cómo es que en épocas anteriores existían visiones orgánicas del mundo. En el sistema que Parsons muestra se da más bien un giro, la cibernética y los sistemas ajenos al hombre son los que forman y determinan las condiciones de su pensar y actuar. El sistema creado es tecnocrático, es duro, no se enfoca en los sujetos y su prevalecer, sino en la prevalencia del propio sistema, su funcionalidad, dejando de lado las necesidades del individuo; este sistema muestra incluso cambios de darían la apariencia de revolución o superación, pero todo sigue sucediendo dentro de esta estructura creada por el hombre de manera artificial, misma que influye en su forma de crear el mundo. En las sociedades actuales, a juicio de Lyotard, ese sistema sería llamado liberalismo avanzado y sería utilizado en las naciones industrializadas para explotar al máximo las capacidades del sujeto y rodearlo de un entorno competitivo, optimizar su racionalidad. Bajo estas condiciones todo proceso, acción e interacción atribuye algo al propio sistema y se valora en relación a su conveniencia, le da integridad al sistema y si no ayuda se le cataloga como “disfuncional”.
Lyotard expone que el panorama que nos ofrece el sistema en Parsons es muy optimista, el welfare state trae consigo un sistema donde exista una estabilidad económica y donde pueda haber abundancia. Pero el panorama parece ser más complejo, o al menos eso parece bajo los teóricos alemanes, quienes piensan que hoy en día el Sysytemtheorie, es decir, el modelo operante dentro de nuestras relaciones intersubjetivas, está dotado de un cinismo, en donde las necesidades de los individuos y toda producción que de él provenga no pasa a ser más que un artículo, un accesorio; lo que realmente influye en el comportamiento del sistema es la forma en que opera y la modo realiza su propia autogeneración. Incluso en modelos discursivos que busquen cambiar la forma en que el sistema rige las operaciones y relaciones, es decir, revoluciones, huelgas, crisis económicas, todo lo que busque un sentido distinto no puede aspirar más que a ser un cambio interno dentro del propio sistema, y sólo puede ser pensado como una mejora hacia la propia estructura. Para Lyotard esto tiene que llevar al propio sistema a la entropía, a la decadencia, el sistema al tener un régimen tecnocrático, motiva a los sujetos a actuar de forma tal que las exigencias a su intelecto y físico se elevan hasta tal punto que el desarrollo y competitividad llevan al sistema a devorarse él mismo (decadencia) o a buscar devorar otro sistema (guerras).
