Si algo me ha atraído de la pintura “El Filósofo” de José Ribera, es que, al momento de mirarla y contemplarla, pude comprender lo que Eugenio Trías expone en su libro Lo bello y lo siniestro. El propósito de Trías en este trabajo busca mostrarnos cómo es que de la categoría estética de lo siniestro puede desprenderse lo bello, y cómo de lo bello se puede engendrar lo siniestro.
“[…] la belleza es una apariencia y un velo que escamotea nuestra visión de un abismo sin fondo y sin remisión en el cual cede toda visión y se resquebraja todo efecto de belleza. Esto es lo inhóspito, lo siniestro, lo que habiendo de permanecer oculto, produce, al revelarse, la ruptura del efecto estético”.
En toda producción estética que nos resulte bella no podemos simplemente experimentar un sentimiento de alegría, felicidad o verdad; y viceversa, todo aquello que nos resulte tenebroso, irracional, desagradable, siniestro, tiene que encontrar sus lindes dentro de aquello que se ubica como bello, racional, agradable. Estas dos categorías colindan entre sí, son parte del efecto estético de la obra artística, no puede existir una emoción sin la sombra contraria. Aristóteles se habría referido a esto como la peripecia, un cambio de suerte, donde existe un reconocimiento, un conocimiento mutuo de emociones contrarias, “[…] pues este conocimiento acompañado de peripecia produce compasión y temor […] Puesto que el reconocimiento es reconocimiento de alguien, hay casos en los que sólo uno tiene que reconocer al otro (cuando está claro quién es el otro) y hay casos en los que ambos tienen que reconocerse […]”. Pero para que se entienda porqué pude comprender la tesis de Trías por medio de la pintura antes mencionada, tendré que hacer una descripción del cuadro.
En la pintura existen los llamados focos de luz. Éstos se distinguen, como su nombre lo dice, en ser puntos luminosos en donde recae la atención de la pintura, podríamos pensarlos como puntos clave a partir de los cuales se desarrolla una pintura. En cada una puede haber uno o varios focos de luz; en “El Filósofo” existen dos.
La imagen muestra a un hombre viejo, escaso cabello y barba prominente y blanca; viste una túnica negra, larga y ancha. Lo único que sobresale de su cuerpo es su rostro, serio, tranquilo, pensativo; y sus dos manos, las cuales sostienen unos escritos. La línea que distingue el término de su vestimenta y el amplio vacío oscuro detrás de él es casi imposible de delinear; podría decirse que son parte del mismo fondo. En este caso, los focos de luz están concentrados en la frente del hombre y sus manos. ¿Pero qué representan estos focos de luz? No es casualidad que se encuentren en estos dos puntos en específico, sino que las implicaciones van más lejos.
La frente del hombre es el punto clave de la obra, es el centro – no espacial - del cuadro que captura la atención; es la racionalidad, el espacio de conciencia y reflexión, el conocimiento, la belleza. El foco de luz se ubica en la mente, que es aquello que alumbra, donde se encuentra el orden, lo formal, lo finito. Pero conforme la pintura se expande, paulatinamente ese foco de luz comienza a decrecer, aquel alumbramiento de la razón se hace cada vez más tenue conforme se aleja hasta llegar a la oscuridad. Esta oscuridad es el caos, lo irracional, lo siniestro. El mismo desenlace ocurre en el foco de luz ubicado en los escritos de su mano, como si la oscuridad fuera un marco interno que toca y delimita la luz de los escritos –símbolo de la razón-.
En esta obra se observa cómo dentro de esta obra lo bello y lo siniestro se unen mediante un juego de luces, el cual representa, en este caso, lo racional y lo irracional, el espacio del orden y del caos como un mismo evento, donde uno reconoce al otro dentro de sí. Podemos concebir entonces que dentro de la obra existe una especie de dualidad que nos lleva a concebir cualidades estéticas opuestas, pero que en su conjunto comprenden un fenómeno al que Trías llama lo sublime, una catarsis provocada por el reconocimiento de que todo aquello que se presenta como hermoso trae consigo lo terrible.
“En poesía, en el arte, debe resplandecer el caos bajo el velo familiar, formal, del orden”.
“Hay que llevar verdaderamente el caos dentro de sí para poder engendrar una estrella danzarina”.
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