Hoy día podemos observar que el proceso del conocimiento se da cada vez más con una inmediatez increíble, el proceso de la formación de saber ha quedado en segundo plano y la obtención rápida de un conocimiento para manipularlo y transmitirlo se ha vuelto fundamental; el saber ha dejado de ser una valor en sí mismo para volverse una moneda de cambio, el conocimiento puede ser vendido y cambiado. Lo que sucede con el conocimiento en la postmodernidad es que se ha vuelto la fuerza de producción más valiosa, de tal suerte que no sólo representa una vía de desarrollo entre las naciones, sino que también supone el camino hacia el poder. Parece entonces que el saber pinta hoy en día como el tesoro que debe ser encontrado, pero existe algo más que no ha sido tomado en cuenta, lo cual es, pues, que el saber está determinado por un discurso de legitimación y que posee a un sujeto o sujetos que delimitan en qué consiste y en qué no consiste el conocimiento, síntoma al parecer que ha sido utilizado por los gobiernos.
Al parecer el aspecto lingüístico adquiere aquí una posición de importancia en tanto que su aspecto pragmático define en muchos sentidos el modo en que las relaciones intersubjetivas se realizan. Lyotard observa, apoyándose en ciertas ideas planteadas por Wittgenstein, que el lenguaje, mediante sus enunciados, posee características que denota su uso y reglas de juego, cada tipo de enunciado adquiere propiedades y reglas de uso para hacer explícito cómo opera y cuál es el propósito del enunciado en cuestión. Se hacen tres observaciones:
1) Las reglas de legitimación del lenguaje no se dan por ellas mismas, la fuerza de su uso radica en el acuerdo implícito o explícito entre los sujetos, lo cual no quiere decir que inventen estas reglas de legitimación.
2) No puede ser que se hagan modificaciones sin justificación, el más mínimo cambio afecta la naturaleza del juego y sus condiciones, por ende cualquier uso del lenguaje que no corresponda con las reglas del juego no tendrá sentido.
3) Todo enunciado debe suponer una regla de “juego”.
En el uso cotidiano constantemente estamos creando nuevas formas de estructurar el lenguaje, el lenguaje no puede ser privado, el modo en que se desarrolla se da en el lazo social y se mueve constantemente, hay giros, evoluciones y cambios, todo originado dentro de los distintos egos y sus interacciones.
Ahora bien, si se ha dicho que el lenguaje es una estructura que le da forma y sentido a nuestro mundo, debemos saber cómo es que opera dicha estructura en nuestros tiempos. Lyotard muestra cómo es que en épocas anteriores existían visiones orgánicas del mundo. En el sistema que Parsons muestra se da más bien un giro, la cibernética y los sistemas ajenos al hombre son los que forman y determinan las condiciones de su pensar y actuar. El sistema creado es tecnocrático, es duro, no se enfoca en los sujetos y su prevalecer, sino en la prevalencia del propio sistema, su funcionalidad, dejando de lado las necesidades del individuo; este sistema muestra incluso cambios de darían la apariencia de revolución o superación, pero todo sigue sucediendo dentro de esta estructura creada por el hombre de manera artificial, misma que influye en su forma de crear el mundo. En las sociedades actuales, a juicio de Lyotard, ese sistema sería llamado liberalismo avanzado y sería utilizado en las naciones industrializadas para explotar al máximo las capacidades del sujeto y rodearlo de un entorno competitivo, optimizar su racionalidad. Bajo estas condiciones todo proceso, acción e interacción atribuye algo al propio sistema y se valora en relación a su conveniencia, le da integridad al sistema y si no ayuda se le cataloga como “disfuncional”.
Lyotard expone que el panorama que nos ofrece el sistema en Parsons es muy optimista, el welfare state trae consigo un sistema donde exista una estabilidad económica y donde pueda haber abundancia. Pero el panorama parece ser más complejo, o al menos eso parece bajo los teóricos alemanes, quienes piensan que hoy en día el Sysytemtheorie, es decir, el modelo operante dentro de nuestras relaciones intersubjetivas, está dotado de un cinismo, en donde las necesidades de los individuos y toda producción que de él provenga no pasa a ser más que un artículo, un accesorio; lo que realmente influye en el comportamiento del sistema es la forma en que opera y la modo realiza su propia autogeneración. Incluso en modelos discursivos que busquen cambiar la forma en que el sistema rige las operaciones y relaciones, es decir, revoluciones, huelgas, crisis económicas, todo lo que busque un sentido distinto no puede aspirar más que a ser un cambio interno dentro del propio sistema, y sólo puede ser pensado como una mejora hacia la propia estructura. Para Lyotard esto tiene que llevar al propio sistema a la entropía, a la decadencia, el sistema al tener un régimen tecnocrático, motiva a los sujetos a actuar de forma tal que las exigencias a su intelecto y físico se elevan hasta tal punto que el desarrollo y competitividad llevan al sistema a devorarse él mismo (decadencia) o a buscar devorar otro sistema (guerras).
Al parecer el aspecto lingüístico adquiere aquí una posición de importancia en tanto que su aspecto pragmático define en muchos sentidos el modo en que las relaciones intersubjetivas se realizan. Lyotard observa, apoyándose en ciertas ideas planteadas por Wittgenstein, que el lenguaje, mediante sus enunciados, posee características que denota su uso y reglas de juego, cada tipo de enunciado adquiere propiedades y reglas de uso para hacer explícito cómo opera y cuál es el propósito del enunciado en cuestión. Se hacen tres observaciones:
1) Las reglas de legitimación del lenguaje no se dan por ellas mismas, la fuerza de su uso radica en el acuerdo implícito o explícito entre los sujetos, lo cual no quiere decir que inventen estas reglas de legitimación.
2) No puede ser que se hagan modificaciones sin justificación, el más mínimo cambio afecta la naturaleza del juego y sus condiciones, por ende cualquier uso del lenguaje que no corresponda con las reglas del juego no tendrá sentido.
3) Todo enunciado debe suponer una regla de “juego”.
En el uso cotidiano constantemente estamos creando nuevas formas de estructurar el lenguaje, el lenguaje no puede ser privado, el modo en que se desarrolla se da en el lazo social y se mueve constantemente, hay giros, evoluciones y cambios, todo originado dentro de los distintos egos y sus interacciones.
Ahora bien, si se ha dicho que el lenguaje es una estructura que le da forma y sentido a nuestro mundo, debemos saber cómo es que opera dicha estructura en nuestros tiempos. Lyotard muestra cómo es que en épocas anteriores existían visiones orgánicas del mundo. En el sistema que Parsons muestra se da más bien un giro, la cibernética y los sistemas ajenos al hombre son los que forman y determinan las condiciones de su pensar y actuar. El sistema creado es tecnocrático, es duro, no se enfoca en los sujetos y su prevalecer, sino en la prevalencia del propio sistema, su funcionalidad, dejando de lado las necesidades del individuo; este sistema muestra incluso cambios de darían la apariencia de revolución o superación, pero todo sigue sucediendo dentro de esta estructura creada por el hombre de manera artificial, misma que influye en su forma de crear el mundo. En las sociedades actuales, a juicio de Lyotard, ese sistema sería llamado liberalismo avanzado y sería utilizado en las naciones industrializadas para explotar al máximo las capacidades del sujeto y rodearlo de un entorno competitivo, optimizar su racionalidad. Bajo estas condiciones todo proceso, acción e interacción atribuye algo al propio sistema y se valora en relación a su conveniencia, le da integridad al sistema y si no ayuda se le cataloga como “disfuncional”.
Lyotard expone que el panorama que nos ofrece el sistema en Parsons es muy optimista, el welfare state trae consigo un sistema donde exista una estabilidad económica y donde pueda haber abundancia. Pero el panorama parece ser más complejo, o al menos eso parece bajo los teóricos alemanes, quienes piensan que hoy en día el Sysytemtheorie, es decir, el modelo operante dentro de nuestras relaciones intersubjetivas, está dotado de un cinismo, en donde las necesidades de los individuos y toda producción que de él provenga no pasa a ser más que un artículo, un accesorio; lo que realmente influye en el comportamiento del sistema es la forma en que opera y la modo realiza su propia autogeneración. Incluso en modelos discursivos que busquen cambiar la forma en que el sistema rige las operaciones y relaciones, es decir, revoluciones, huelgas, crisis económicas, todo lo que busque un sentido distinto no puede aspirar más que a ser un cambio interno dentro del propio sistema, y sólo puede ser pensado como una mejora hacia la propia estructura. Para Lyotard esto tiene que llevar al propio sistema a la entropía, a la decadencia, el sistema al tener un régimen tecnocrático, motiva a los sujetos a actuar de forma tal que las exigencias a su intelecto y físico se elevan hasta tal punto que el desarrollo y competitividad llevan al sistema a devorarse él mismo (decadencia) o a buscar devorar otro sistema (guerras).
Filósofos de segunda categoría que les dicen. El posmodernismo, al reconocerse, se niega, pues habla de un estadio después de la modernidad; una modernidad, suponemos, completa. Más no fue así. La modernidad es un proyecto inconcluso. Derivada del pensamiento iluminista, la razón no se impuso como el eje de progreso del ser humano. En palabras de Kant, no salimos de nuestra minoría de edad mental.
ResponderEliminarLyotard habla, entonces, de la muerte de los cuatro grandes metarrelatos que le daban sentido a la modernidad: religión, razón, capital y comunismo. Ninguno de nos hizo mejores personas aún cuando basamos nuestro orden social (o una pretensión del mismo) en ellos. O al menos eso cree Lyotard y seguidores, quienes vieron aquí la oportunidad para ensayear (de hacer ensayos) acerca de la sociedad contemporánea (que lo contemporáneo no es lo moderno, idiotas): publicidad excesiva, consumo inmediato, medios de comunicación enajenantes. Un discurso a lo McLuhann en el cual un grupo de sujetos echan la culpa de la decadencia humana a los aparatos y no al humano mismo.
Así pues, Lyotard no dice nada que no hubieran dicho, con mejor ventura, Nietzsche o Focault. La posmodernidad se queda entonces como una pretensión de reflexión sobre cierto tramo del siglo XX, nada más. Ni filosofía ni revelación. Y otra: tantas piedras le tiran a la sombra de Parsons que se olvidan de derrumbar su estatua.
De acuerdo. Lyotard, al parecer, no nos dice nada nuevo, pues justamente habla, en pocas palabras, sobre la decadencia de los grandes metarelatos que servían de eje para las relaciones humanas, así como la decadencia del nuevo sistema basado en la tecnología. Reitero, tal vez no sea nada nuevo, pero lo que me parece rescatable de la propuesta de Lyotard no es la crítica a la llamada postmodernidad, sino sobre el tema de la multiplicidad relatos que surgen por medio de juegos del lenguaje. Estos juegos del lenguaje (referencia obvia a Wittgenstein), que surgen dentro de las sociedades, suponen muchas formas del conocimiento y no sólo uno, como el que podría establecer la ciencia y la tecnología dentro de las sociedades actuales.
ResponderEliminarEn este sentido, podríamos decir que lo que Lyotard quiere decirnos es que la pragmática misma es inconmensurable, el saber no está delimitado por un único juego de lenguaje (la ciencia)sino que existe una multiplicidad de ellos, lo cual, como bien dices, ha sido dicho ya con mayor profundidad por Nietzsche y Foucault. Pero no por ello me parece desdeñable que se nos vuelva a llamar la atención sobre la importancia de comprender la inconmensurabilidad del lenguaje y, en consecuencia, la importancia del quehacer hermenéutico hoy en día.